INTRO
En la vida —y no solo en la que es estrictamente organizacional— existen LAS CRISIS. Y sinceramente, creo que son lo que le da sentido a habitar un cuerpo y una mente, porque son las que nos obligan a evolucionar. “De la crisis nacen las oportunidades”, dicen; entonces, ¿de la crisis nacen también las nuevas versiones nuestras?
Pero, ¿qué hacemos cuando la crisis nos atraviesa de verdad? Cuando deja de ser algo puntual y empieza a afectar todo: el trabajo, los vínculos, la capacidad de dormir y descansar realmente. Cuando ya no es “un mal momento”, sino una sensación constante de agotamiento que atraviesa cada parte de la rutina.
En el estudio de la gestión de proyectos existen múltiples herramientas que nos dan un paso a paso para elegir caminos, gestionar riesgos y resolver problemas complejos. Y aunque fueron pensadas para organizaciones, estoy bastante segura de que también pueden servir para atravesar una crisis personal.
Aunque antes de entrar en la teoría, me parece importante algo: el trabajo nunca debería reemplazar el sentido de la vida. Tendría que ser un medio para construirla, no una cárcel hacia la insatisfacción. Y muchas veces esa cárcel ni siquiera es física; es mental.
Vivimos en sistemas donde los métodos organizacionales no siempre se gestionan para las personas. Somos el capital más caro de las empresas, pero, ironicamente, muchas veces el menos priorizado frente a las ganancias.
Quizás la crisis real nace ahí: en una vida ultra productiva sin sentido alguno.
Y si hoy una crisis te está atravesando, quizás es momento de dejar de ser un recurso en el proyecto de otro para empezar a gestionar la propia vida como el proyecto primo.
J. M. Sapag define un proyecto como “la búsqueda de una solución inteligente al planteamiento de un problema tendiente a resolver una necesidad humana”. Y si aplicamos eso a la vida, entonces la crisis deja de ser un error y se transforma en un proyecto de reinvención.
No estamos necesariamente fallando. Tal vez estamos identificando una necesidad humana —identificación, descanso, propósito— que precisa una solución inteligente para ser resuelta.
“No es lo que parece”.
Porque para que esa solución tenga sentido, no podemos quedarnos en la superficie. Según la Metodología de Marco Lógico, el primer paso es identificar la brecha: esa distancia incómoda entre la vida que vivimos hoy y la vida que realmente queremos habitar.
Y me pasa, sinceramente, que muchas veces me pierdo intentando ¨curar¨ síntomas sin entender el problema real. Ahí es donde, si de teoría hablamos, seria pertinente construir un Árbol de Problemas para observar este nudo de manera integral.
El problema central no es solamente el estrés. Es esta sensación de vivir una vida productiva pero completamente desconectada de uno mismo.
Las raíces son las causas. En esta parte del proceso es preciso tener la valentía de identificar qué está alimentando realmente el problema. ¿Es un entorno que constantemente nos desprioriza? ¿Es nuestra falta de límites? ¿Es haber olvidado nuestros propios objetivos por cumplir los de una organización?
Después surge la copa del árbol: los efectos. El insomnio, el agotamiento crónico, la ansiedad, la sensación de no habitar nunca el presente. Porque si las raíces no sanan, las ramas siguen creciendo al mismo ritmo que deterioran la salud y el descanso.
Y además, el Análisis de Involucrados nos recuerda algo importante: nadie atraviesa una crisis en el vacío. Hay personas —jefes, familia, amigos, parejas— que pueden estar en posición de cooperación y ayudarnos a salir, o de conflicto, dificultando todavía más el proceso de volver a priorizarnos.
Reconocer quién es quién también es parte de esta estrategia de defensa.
la Triple RESTRICCIÓN.
En cualquier proyecto los recursos son escasos. Y en una crisis personal, los recursos más valiosos son el tiempo y la energía emocional.
La teoría dice que el éxito depende de equilibrar variables como alcance, tiempo, costo, riesgo, calidad y satisfacción del cliente. Y en este proceso, paradójicamente, el cliente somos nosotros mismos.
El riesgo principal —creo— aparece cuando queremos solucionarlo todo al mismo tiempo. Si el alcance del cambio es inmenso pero no nos damos tiempo real para sanar, el riesgo de colapso emocional aumenta y la calidad de vida inevitablemente tambalea.
Gestionar la crisis implica entender que no podemos sacrificar la salud mental en el altar de una meta imposible de alcanzar en el corto plazo.
MUTACIÓN
Una vez mapeadas las causas y los efectos, la Metodología de Marco Lógico propone transformar el Árbol de Problemas en un Árbol de Objetivos. Y ahí, por primera vez, aparece algo parecido a un futuro habitable.
Y esto con esto no estoy siendo optimista, es de hecho, una reconfiguración estratégica de la realidad.
Las causas se vuelven medios. Si la raíz era la falta de límites, entonces el medio de recuperación pasa a ser aprender a ponerlos. Lo que antes nos hundía empieza lentamente a convertirse en un peldaño para salir.
El problema central también se transforma. Ese agotamiento existencial deja de ser solamente dolor y empieza a convertirse en propósito.
Y los efectos negativos se convierten en fines: el insomnio se transforma en descanso real, el estrés en estabilidad, la desconexión en presencia.
Pasar de lo negativo a lo positivo no elimina automáticamente el dolor, pero nos permite dejar de mirar únicamente el pozo y empezar, aunque sea de a poco, a diseñar la escalera.
El propósito. La intro de Led Zeppelin que nos vuelva a dar sentido.
Después vienen las opciones.
Porque aunque empecemos a ver rutas de salida, los recursos no dejan de ser limitados. No podemos ejecutar todos los cambios al mismo tiempo.
Entonces toca aplicar algo bastante humano: ELEGIR.
Ir al psicólogo, cambiar de trabajo, bajar el ritmo, reestructurar una rutina, aprender a descansar sin culpa.
Y como en cualquier proyecto, esas alternativas también se analizan:
* Viabilidad: ¿existe hoy la energía emocional para sostener este cambio?
* Costo y tiempo: ¿cuánto desgaste implica y cuándo podrían verse resultados?
* Riesgos sociales: ¿cómo impactará esta decisión en los vínculos cercanos?
Evaluar estas rutas no garantiza que el proceso sea sencillo, pero sí nos ayuda a elegir caminos más sostenibles y con menor riesgo de otro colapso.
Y en medio de una crisis, donde muchas veces sentimos que nada cambia, aparecen los indicadores.
La teoría enseña que los objetivos necesitan expresarse en cantidad y tiempo. Pero acá no hablamos de productividad;
hablamos de recuperar terreno sobre nosotros mismos. De volver a habitar el presente bajo nuestras condiciones.
Dormir siete horas al menos cinco días por semana. Volver a comer tranquilo. Tener una tarde sin ansiedad. Recuperar pequeñas cosas que antes parecían normales.
Registrar esos avances —en hábitos, notas o rutinas— devuelve algo clave: evidencia de que el proceso existe y de que el cambio, aunque lento, está ocurriendo.
Y por último aparece un concepto que me parece curioso por lo cruel y humano que puede llegar a ser en este contexto:
el Valor de Desecho.
En evaluación de proyectos, el valor de desecho representa el valor residual de un activo cuando termina su vida útil.
Y en medio de una crisis es muy fácil sentirse exactamente así: desgastado, agotado, casi inútil.
Pero la teoría también plantea distintas formas de valuación.
El método contable diría que el valor bajó por el desgaste acumulado. El método comercial intentaría definir cuánto cree “el mercado” que valemos hoy (Bastante dudoso, sinceramente).
Pero el método económico plantea algo completamente distinto: valorar un activo según su capacidad futura de generar beneficios.
Y quizás ahí esté la verdadera respuesta.
Porque alguien que atravesó una crisis profunda no vale menos, vale más.
Sale de ese proceso con activos nuevos: transformación, límites claros, experiencia, autoconocimiento y un propósito mucho más auténtico que antes.
OUTRO
Gestionar la crisis como el proyecto más importante de nuestra vida nos devuelve el mando. Dejamos de ser solamente el “capital más caro” y menos priorizado de un sistema para convertirnos, finalmente, en los gerentes de nuestra propia existencia.
Y si hoy la crisis te está atravesando, quizás no sea un error del sistema. Quizás sea la evidencia de una necesidad humana que ya no puede seguir ignorándose.
Porque al final, el trabajo siempre va a ser el medio. Pero el sentido de la vida es el único proyecto en el que no podemos permitirnos fracasar.
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